5 oct. 2012


Sin garra 

Django el bastardo, retoma la figura del pistolero audaz, oscuro que aparece en las localidades del oeste buscando saciar su sed de venganza, con una destreza inusitada a la hora de desenfundar su arma.
Nuevo episodio de las andanzas del frió y mordaz Django, que elimina a sus enemigos con una nueva y sorprendente manera, aparece ante ellos y coloca una estaca que lleva la fecha y el nombre del difunto, un pronostico del que pocos escapan.
Este nuevo método de amenazar a los hombres que quiere eliminar, resulta uno de los puntos más atractivos y destacables, puesto que genera alrededor de su figura un envoltorio de tensión y suspense, por saber si el pronóstico del fallecido será el acertado.
El resto de la trama, sigue los mismos esquemas de la idea original, pero pierde el magnetismo y la intensidad que aportaba Franco Nero con una mirada. El personaje principal cae en manos de un actor, que no es capaz de transmitir la fuerza e intensidad que se le presupone a un personaje sediento de venganza.
La trama se desarrolla con un ritmo irregular, únicamente llega a resultar atractivo y frenético en momentos puntuales, que suelen coincidir con los duelos.
Una ambientación más desértica y polvorienta, diálogos más mordaces y fluidos, junto con una interpretación más vigorosa, hubieran conformado un digno spaghetti western, por el contrario nos encontramos ante un simple amago.
En general, se echa en falta más garra e intensidad en todo el conjunto, Django dispara y ejecuta rápido, pero no llega a resultar letal.

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