10 mar. 2014


Creación destructiva

Hollywood como todo, se rige por las tendencias. El éxito de crítica y público cosechado en 1992 por Drácula de Bram Stoker, dirigido por Francis Ford Coppola, trajo consigo otra adaptación de las clásicas historias de terror, la de Frankenstein. 

Frankenstein de Mary Shelley intenta repetir el éxito del trabajo de Coppola, empleando los mismos elementos que distinguieron a la película de Coppola. Un relato serio y fiel a la obra, una historia de un amor trágico y un reparto de alto nivel, bajo el mando de un notable director, Kenneth Branagh.


Es tan evidente el intento de imitación del estilo de la película de Coppola, que copia incluso la forma de presentar el titulo, acompañándolo por el nombre del autor de la obra literaria. Cierto es que Coppola en este caso ejercía de productor de la película, dejando la tarea de director a Branagh. 

Por aquel entonces, Francis Ford Coppola, había puesto sus ojos e intereses en las tradicionales historias de terror, con la intención de producirlas o dirigirlas. Por este motivo años más tarde, aparecería su nombre en los créditos de la película de Tim Burton, Sleepy Hollow. 

El tratamiento que da Kenneth Branagh a la obra es serio, solemne y respetuoso, aunque con alguna licencia sobre el original, logrando aportarle su toque personal, su pasión por los escenarios del teatro, se respira en cada dialogo. Por desgracia peca de ser pretencioso y desmesurado, en la puesta en escena y en su propia interpretación del personaje de Viktor Frankenstein.


Branagh se deja llevar por el mismo entusiasmo del personaje principal y al contar con un elevado presupuesto a su disposición y verse con la posibilidad de hacer una gran creación, entra en un laberinto de autodestrucción, observándose claros paralelismos entre Branagh y Frankenstein. 

La película cuenta con una adecuada ambientación, que logra convertirse en otro personaje de la trama. Juega con la oscuridad de la noche y la claridad del día, para transmitir estados de ánimo de los personajes y ofrecer las dos caras de la moneda del protagonista. 

En el aspecto técnico, la puesta en escena en algunos momentos es excesivamente teatral y exagerada en su dramatismo. El maquillaje empleado para la criatura, encarnada por un notable Robert De Niro, es bueno, pero no se emplea con eficacia. Cae en el error de abusar en exceso de primeros planos a la luz del día, donde el trabajo de maquillaje sale perjudicado.


Keneth Branagh abusa de los movimientos de cámara y se olvida de cuidar la imagen de la criatura. En la escena de la creación o nacimiento de Frankenstein, para la que dedica lo menos siete minutos de metraje, se llega a distinguir con facilidad el traje que lleva puesto Robert De Niro, un despropósito, debería sugerir más de lo que muestra, una lástima. 

La banda sonora, bajo la firma de Patrick Doyle, resulta grandilocuente y logra alternar instantes dramáticos con románticos. Aunque se nota un intento desesperado por resultar tan memorable como la de Drácula de Bram Stoker. 

Los instantes verdaderamente mágicos de la película, los consigue Robert De Niro encarnando a la criatura, logrando resultar terrorífico al tiempo que calido. El resto del reparto esta a la altura, pero quizás por la dirección teatral de Branagh, pecan de excesivos. 


Frankenstein de Mary Shelley, sin poder catalogarse como una película mala, se convierte en una creación abominable y pretenciosa de Keneth Branagh, que termina por destruir a su creador. 

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