3 mar. 2015


El juego de nunca acabar

Floja y reiterativa tercera parte de Nunca juegues con extraños, que sigue repitiendo el esquema argumental de sus predecesoras, donde nuestro buen amigo, el camionero psicópata, sigue sufriendo bromas de mal gusto por parte de algún descerebrado con ganas de pasárselo bien y que descubrirá que el camionero tiene otras siniestras formas de divertirse.

Nueva demostración de cómo las productoras estiran lo máximo que pueden el chicle de algo que funciona y da beneficios, realizando una película de baja calidad técnica e interpretativa, invirtiendo poco dinero para obtener beneficios.

La película no ofrece grandes desafíos para el intelecto humano, presenta una premisa simple y efectista que da paso a toda una serie de atroces y macabros juegos, donde la sangre será una gran protagonista. Las interpretaciones del reparto dejan mucho que desear, los intérpretes seleccionados cumplen con el modelo habitual de este tipo de productos, jóvenes guapos y bien dotados físicamente con la ilusión de tener una oportunidad en el mundo del cine, caras bonitas e inexpresivas haciendo que el camionero y sus maldades se erijan en los verdaderos atractivos de la película. 

El argumento carece del factor sorpresa que ofreció en su momento la película original, Nunca juegues con extraños, perdiendo, a su vez, el tono de humor desenfadado inicial de aquélla, cayendo en la sucesión y reiteración abusiva de las atrocidades cometidas por el camionero, en secuencias mal construidas, poco cuidadas y que pecan de mostrar demasiado, cayendo en una recreación excesiva.


El comportamiento y decisiones de los personajes se escapan de cualquier tipo de lógica, dando pie a que se puedan suceder los perversos y macabros juegos del camionero. Lo único que consigue mantener el interés por el desarrollo del relato, reside en las trampas y atrocidades que lleva a cabo el camionero, puesto que no existe un desarrollo de personajes ni una verdadera historia, es un encadenamiento de escenas macabras sin pies ni cabeza. Después de haberse realizado tres películas con el camionero psicópata, como secundario estelar, resulta comprensible el comportamiento sicótico de éste, el pobre hombre tiene que estar cansado de las mismas bromitas pesadas. Es curioso, y en parte cómico, que siempre sea la víctima de las bromas de algún descerebrado, como si no hubiera más camioneros en el mundo. 

Nada reseñable en esta secuela previsible y reiterativa, falta de calidad que deja la puerta abierta a posibles continuaciones para seguir estirando el chicle de una broma que ya no tiene gracia.

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