29 oct. 2015


Mi nombre es nadie


Interesante y peculiar Spaghetti western dirigido por Tonino Valerii, con el respaldo en la producción y en el guion, de uno de los grandes del género, Sergio Leone.
Cuenta con un argumento interesante del que se pueden sacar diversas lecturas y paralelismos entre el cine del Spaghetti Western y las nuevas tendencias, como ya ocurriera con la vida del salvaje Oeste.
La película está protagonizada por dos grandes referentes del Western, como el veterano Henry Fonda y el joven Terence Hill, representando a dos generaciones distintas destinadas a separarse de alguna manera. Fonda aporta su veteranía y saber hacer, ofreciendo una interpretación sólida en lo que parece una colaboración especial, por el trabajo que compartieron Sergio Leone y el intérprete en la eterna, Hasta que llegó su hora. Terence Hill aporta frescura y desenfado en un papel más propio de la comedia.

Sergio Leone quería desmarcarse de sus trabajos en el Spaghetti Western y no quedarse encasillado, pero lo cierto es que su labor como productor y creador de parte de la historia, no evita que se note su influencia en diversas escenas. Mención especial merece la secuencia en la barbería, donde no hay espacio para la banda sonora y donde el pase de la cuchilla por la barba de dos días de Fonda, es el sonido predominante, logrando un efecto similar al ofrecido en la ya mencionada, Hasta que llegó su hora.
La banda sonora corre de la cuenta de otro gran referente del Spaghetti Western como Ennio Morricone, que ofrece una partitura a la altura de sus trabajos, en la que por momentos se aprecian guiños a la ofrecida en Hasta que llegó su hora, dejando a su vez espacio para un toque más ligero y cómico para las secuencias que protagoniza Terence Hill, dotando al relato de la tonalidad necesaria en cada situación.

El sentido del humor está presente en muchos momentos del relato y eso ayuda a suavizar los momentos de tensión que se viven en los diferentes enfrentamientos a punta de pistola. Los responsables de la película juegan con la imagen de los dos protagonistas y con la idea del argumento para plasmar el cambio de ciclo que se estaba produciendo en el panorama cinematográfico y, a su vez, recalcar la evolución del Western, con Fonda y Hill, como los representantes del pasado y futuro de un género.

Mi nombre es ninguno ofrece los momentos habituales del Spaghetti Western, intercalados con ligeras dosis de humor en un relato digno de mención y que merece la pena descubrir.


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